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Ejercicio y dieta muy restrictiva en mujeres obesas

Según Clint y sus colaboradores (2016), alrededor de una cuarta parte de Australia y un tercio de los adultos estadounidenses se clasifican como obesos. Además, no hay evidencia de una aceleración en la prevalencia de la obesidad en quienes llegan a la clase III (índice de masa corporal, IMC ≥40 kg.m2), en comparación con el sobrepeso y la obesidad en la clase I individuos (IMC 25-34,9 kg.m2).

 

Los individuos de la clase II (IMC de 35-39.9 kg.m2) y (≥40 kg.m2 IMC) y la III de la obesidad tienen un riesgo más alto a desarrollar la enfermedad metabólica y la cardiovascular, y a sufrir discapacidad, en comparación con los que sufren el sobrepeso y obesidad de la clase I. Esto se traduce en costes clínicos de la salud que duplican a los que tienen un peso saludable. La diabetes mellitus, la enfermedad cardiovascular, la apnea del sueño, las dificultades respiratorias, las enfermedades mentales, el dolor musculoesquelético y todas las alteraciones que impactan de forma negativa en la capacidad del individuo para realizar las actividades de la vida diaria, son más frecuentes en los individuos obesos.

 

La disminución de la capacidad para realizar las actividades de la vida diaria se puede producir antes de la aparición de las afecciones citadas y se puede relacionar con los cambios adversos metabólicos biomecánicos asociados con la obesidad. Las personas obesas sufren a menudo un círculo vicioso de baja capacidad para realizar el ejercicio, como la discapacidad física y la falta de aire que conduce a la inactividad física, y a la ganancia de peso adicional, a la pérdida de la función física, y a la fragilidad.

 

La realización con regularidad del ejercicio aerobio o el de fuerza influyen en la forma física y en la capacidad funcional a través de las mejorías en la fuerza, en la potencia y en la resistencia, así cómo en la aptitud cardiorrespiratoria y vascular. El entrenamiento con los ejercicios aeróbios facilita específicamente la mejoría en la función central y periférica cardiorrespiratoria, en la vascular y en la metabólica, mientras que el entrenamiento de fuerza mejora la fuerza, la potencia y la hipertrofia muscular.

 

Se ha asegurado que los adultos obesos responden de una forma atenuada al entrenamiento físico, cuando se exponen a los mismos estímulos de entrenamiento que sus compañeros de peso saludable. La adición del entrenamiento físico específico a la restricción de la energía en la obesidad puede, además de originar modificaciones en la forma física, conferir favorables resultados para la composición corporal, pero la evidencia en la obesidad clínicamente grave es limitada.

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La masa magra es importante para el mantenimiento, a largo plazo, de la tasa metabólica, de la temperatura corporal, de la integridad del esqueleto, de la fuerza muscular, de la capacidad funcional, y para prevenir la obesidad sarcopénica a lo largo de la vida. Durante la disminución del peso se pierde una mayor proporción de la masa magra en comparación con lo que sucede cuando se recupera el peso. El déficit de la masa magra resultante y la continua falta de actividad física asociada con el envejecimiento, pueden conducir a un mayor riesgo de discapacidad física en los años venideros. El ejercicio, además de originar la pérdida de peso mejora la función física en mayor grado que cuando la pérdida de peso se consigue solo con la restricción de la energía.

 

No está claro si la pérdida de peso conseguida con la dieta agresiva, unida a la práctica del ejercicio, es más beneficiosa, que la obtenida únicamente con la dieta aislada, en los individuos con obesidad severa. Además de que la práctica del ejercicio durante una dieta restringida en energía ralentiza la pérdida de la masa magra, el entrenamiento físico puede ser más importante, como un método, para mejorar el mantenimiento, a largo plazo, de la pérdida del peso.

 

El entrenamiento con ejercicios aislado se ha expuesto para mejorar la regulación de la glucosa y disminuir la progresión de la diabetes tipo 2, para bajar la presión arterial sistólica y la diastólica (BP), y reducir el colesterol total, las lipoproteínas de baja densidad (LDL ) del colesterol y los triglicéridos, independientemente de la pérdida de peso en los adultos con sobrepeso y obesidad.

 

Las personas con obesidad severa pueden responder de forma distinta al tratamiento que las afectadas por el sobrepeso. Por lo tanto, el propósito del ensayo controlado aleatorio expuesto aquí es examinar el efecto único de la práctica del ejercicio, sumado a una dieta muy baja energía (VLED), en las mujeres con obesidad severa sobre las modificaciones en la composición corporal, en la función física, en la calidad de vida y en los marcadores del riesgo cardiometabólico.

 

Según Clint y sus colaboradores (2016), los resultados de éste estudio deberían permitir comprender mejor los beneficios y las limitaciones de la práctica del ejercicio para los tipos de riesgo II y III de las mujeres obesas, durante los periodos de la pérdida de peso con la restricción de la energía. Se espera que esta investigación guie la práctica clínica en el ámbito de la atención primaria, por la que los médicos puedan proporcionar las directrices mejor informadas basadas en la evidencia para el tratamiento de la obesidad clínicamente grave.


Clint T. Miller, Steve F. Fraser, Steve E. Selig, Toni Rice, Mariee Grima, Nora E. Straznicky, Itamar Levinger, Elisabeth A. Lambert, Daniel J. van den Hoek, and John B. Dixon. The functional and clinical outcomes of exercise training following a very low energy diet for severely obese women: study protocol for a randomised controlled trial. Trials. 2016; 17: 125. Published online 2016 Mar 8. doi: 10.1186/s13063-016-1232-5PMCID: PMC4784287

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